el problema del significado
El ser humano
necesita de un significado: cuando vivimos sin él, sin metas, valores o
ideales, parece provocarnos trastornos considerables, que pueden culminar en un
suicidio. Sin embargo, los individuos que se enfrentan a la muerte, como Frankl
en el campo de concentración, pueden vivir mejor su vida, esto es, vivirla con
plenitud y entusiasmo, si están dotados de un propósito.
El concepto de
libertad nos dice que lo único absoluto verdadero es que no hay absoluto.
Según la teoría
existencial el mundo es contingente, esto es, que todo lo que es pudo haber
sido de otra manera. Que los seres humanos constituyen su propio yo, su mundo y
sus situaciones dentro de ese mundo. Más aún, no existe ningún significado
universal, ni un gran diseño en el mundo, ni alguna guía para vivir que no sean
las que crean los individuos. En otras palabras: "Cómo puede un ser que
necesita un significado encontrarlo en un mundo que no lo tiene".
sentido y referencia
el sentido y la
referencia (del alemán Über Sinn und Bedeutung), a veces traducido como Sobre
el sentido y la denotación,1 es un importante artículo de 1892 escrito por el
filósofo y matemático alemán Gottlob Frege. En el mismo, Frege traza una
distinción entre lo que él llama el sentido de una expresión, y su referencia.
Según Frege, el sentido y la referencia son dos aspectos distintos del
significado. Para él tanto las expresiones de objeto como las de concepto
tienen una referencia (un objeto al que se refiere) y un sentido(una forma de hablar
de ese objeto).
Frege parte de la
idea tradicional de que las expresiones como "Aristóteles" o "el
discípulo más eminente de Platón" tienen una referencia (en estos dos
casos, Aristóteles). El objetivo principal del artículo es mostrar que, además
de la referencia, el significado de estas expresiones incluye algo más, a lo
que Frege llama el sentido de las expresiones.
Venus, Héspero,
Fósforo.
La necesidad de
reconocer ese "algo más" deriva del siguiente famoso argumento, con
el que Frege abre el artículo. Considérese las oraciones "a = a" y
"a = b". Supongamos que "a" y "b" refieren a lo
mismo, es decir que son dos nombres distintos para la misma entidad. Si el
significado de las expresiones fuera sólo su referente, entonces "a =
a" y "a = b" significarían lo mismo. Pero claramente este no es
el caso, porque cada oración nos dice algo distinto. Mientras la primera
oración es trivial, no informativa y cognoscible a priori, la segunda oración,
en cambio, puede ser muy informativa y requerir de mucha investigación empírica
para ser establecida. Por ejemplo, supóngase que se trata de las oraciones
"Héspero es Héspero" y "Héspero es Fósforo", considerando
que Héspero es el nombre que los antiguos astrónomos daban a la estrella más brillante
de la tarde, y Fósforo es el nombre que daban a la estrella más brillante de la
mañana. Si bien la primera oración es trivial y no informativa, la segunda es
interesante e informativa. De hecho, los astrónomos tardaron muchos siglos en
descubrir que Héspero y Fósforo son el mismo cuerpo (que hoy llamamos Venus).
Pero sin embargo, "Héspero" y "Fósforo" tienen la misma
referencia. Si su significado fuera sólo su referente, entonces ambas oraciones
significarían lo mismo. Pero esto claramente no es el caso.
Para explicar este
fenómeno, Frege primero recurre a la siguiente estrategia: podría ser que las
oraciones de la forma "a = a" y "a = b" deban leerse como
«'a' refiere a lo mismo que 'a'», y «'a' refiere a lo mismo que 'b'»,
respectivamente. De esta forma, se conserva la trivialidad de la primera
oración y se explica la informatividad de la segunda. A fin de cuentas, es
informativo saber que 'a' refiere a lo mismo que 'b'. El problema con esta
solución, dice Frege, es que si bien las oraciones "a = a" y "a
= b" parecen dar información acerca del mundo, las oraciones «'a' refiere
a lo mismo que 'a'», y «'a' refiere a lo mismo que 'b'», en cambio, parecen dar
información acerca de nuestro uso del lenguaje. Esta diferencia es importante,
y alcanza para que Frege abandone este camino de solución, el cual había
abrazado 15 años antes en su Conceptografía.
problemas del lenguaje
Los problemas
pueden ser muchos; el lenguaje se ve afectado por varias causas: fisiológicas,
sociales, funcionales, psicológicas, afectivas, genéticas, de género y otras.
Esto nos da una idea de que las causas de un problema de lenguaje son varias y
en ocasiones difíciles de diagnosticar. Para muchos teóricos las dificultades
en torno al lenguaje se clasifican por la etiología; para otros, por la afección,
ya que hay trastornos del lenguaje, del habla, del ritmo y de la voz. Hay
quienes emplean para su clasificación el criterio del momento de su aparición y
los clasifican como trastornos del desarrollo o trastornos adquiridos (por
ejemplo, la pérdida del lenguaje por una embolia) y de otras formas.
Por tanto, no
pretendemos hacer una clasificación de todos, sino mencionar los más comunes,
que categorizaremos con un criterio de afección. Advertimos que las
definiciones de estos trastornos son muy simples porque no se dirigen a
profesionales de la materia o logopedas sino a padres de familia y maestros,
con el fin de ofrecerles un panorama general y brindarles elementos de juicio
para valorar la intervención profesional, lo que no los faculta para diagnosticar
o intervenir directamente. En nuestro país y en general en América Latina, el
logopeda se conoce también como fonoaudiólogo, y su labor puede ser desempeñada
por psicólogos especializados en lenguaje u otros profesionales.
vaguedad:(La) falta de precisión en el significado
(designación) de una palabra se llama vaguedad: una palabra es vaga en la
medida en que hay casos en los que su aplicabilidad es dudosa; o, por decirlo
en términos lógico-matemáticos, no es decidible sobre la base de los datos
preexistentes, y sólo puede resolverse a partir de una decisión lingüística
adicional. Si nos proponemos hacer una lista de palabras vagas, probablemente
tardaremos mucho: como la piedra de toque de la vaguedad consiste en imaginar
algún caso dudoso y la imaginación es inagotable, veremos que prácticamente
todas las palabras son vagas en alguna medida. Tomemos como ejemplo una palabra
bien conocida, como “libro”, que se refiere (más o menos, y aquí está la
dificultad) a un conjunto de muchas hojas impresas, encuadernadas juntas y con
cubierta. Y empecemos a imaginar problemas:
a) ¿Muchas hojas?
¿Cuántas? Un conjunto de dos hojas no sería llamado libro, pero, claro está,
dos hojas no son muchas. ¿Cinco hojas, entonces? ¿Diez? Doscientas hojas pueden
hacer un libro. ¿Y ciento cincuenta, ochenta, sesenta? Un conjunto de cincuenta
hojas ¿es un libro o un folleto? Si es un folleto, ¿qué tal si suponemos
cincuenta y cinco? Aquí llegaremos inexorablemente a algún número que nos
parezca dudoso.
b) ¿Impresas? En
la Edad Media había libros escritos a mano. Claro que ésta también es una forma
de imprimir, en sentido amplio. ¿Y si es perforado en sistema Braile para
ciegos? ¿O sino todas las hojas están escritas, sino sólo la mitad? Además, ¿no
existen también libros en blanco, donde las hojas están dispuestas para ser
llenadas por su dueño con un diario personal, por ejemplo?
c) ¿Encuadernadas?
Esto no quiere decir necesariamente cosidas: hay libros en los que las hojas
van unidas con ganchos. Un conjunto de trescientas hojas con una perforación en
la esquina y unidas por un simple alambre ¿sería un libro? ¿Y si las hojas
estuviesen sueltas, pero debidamente numeradas y contenidas en un estuche de
cuero con el nombre de la obra en la cubierta?
d) El requisito de
llevar cubierta da lugar para reflexiones semejantes, que dejaremos al lector
imaginar por su cuenta.
ambiguedad:Si la designación de las palabras suele resultar
insuficiente en gran número de casos, la situación se complica cuando una
palabra tiene dos o más designaciones. La condición de una palabra con más de
un significado se llama polisemia o, más comúnmente ambigüedad. “Vela”, por
ejemplo, puede designar un cilindro de cera con un pabilo en su interior que
sirve para iluminar, un lienzo que se ata al mástil de una nave para aprovechar
la fuerza del viento, o bien la actitud de alguien que cuida a una persona o
cosa durante la noche.
Desde luego, la
ambigüedad de una palabra no constituye una vacuna contra la vaguedad, sino que
tiende a multiplicarla. Una palabra ambigua puede ser vaga (y generalmente lo
es) en cada una de sus distintas acepciones. En el ejemplo ya apuntado,
podríamos dudar sobre si una camisa, amarrada por un náufrago al mástil de su
improvisada balsa, es una vela; o si un cirio, habida cuenta de su gran tamaño,
puede ser llamado vela; o si corresponde decir que pasó la noche en vela un
juerguista que llega a su casa a las nueve de la mañana, borracho y con una
media de mujer colgando de un bolsillo.
La ambigüedad
proviene muchas veces de la extensión de un nombre a diversos aspectos o
elementos de una misma situación. Así, por ejemplo, llamamos corte al acto de
cortar e incluso al filo de la herramienta con la que cortamos. O tras veces la
polisemia es un accidente en la evolución de las palabras a partir de distintas
etimologías: las acepciones de “corte” que acabamos de señalar provienen del
verbo latino curtare; pero el significado de “corte” como séquito del rey, o
como tribunal de justicia, proviene del latín cors, cortis, o cohors, cohortis.
Cada uno de estos vocablos evolucionó a su modo en el idioma castellano y ambos
coincidieron finalmente en la forma corte.
Pero la voluntad
del hombre colabora también en la producción de ambigüedades a través del
lenguaje figurado. Así podemos dar a alguien una mano sin necesidad de extender
la diestra, correr un riesgo sin pretender alcanzarlo y aclarar algún punto
oscuro sin gastar en electricidad. El colmo del lenguaje figurado es la
metáfora, figura que parece decir una cosa para que se entienda otra, creando
entre ambas un sutil y acaso fugaz vínculo de significado a la vez que sugiere
vagas semejanzas.
nominalismo
Con el término
"nominalismo» se designa a una doctrina filosófica según la cual los
universales o conceptos generales son simples términos abstractos que designan
conjuntos más o menos vastos de realidades individuales.
El nominalismo
niega, por consiguiente, que los universales puedan subsistir como realidades
anteriores o independientes, puestas en las cosas o fuera de ellas, y -en la
medida en que tiende a considerar como reales únicamente a las individualidades
concretas- pone en duda la misma posibilidad de conceptos universales.
El término
nominalismo fue utilizado por los historiadores de la filosofía para indicar
una solución particular a la disputa sobre los universales, que se mantuvo
durante el siglo XII entre los pensadores escolásticos; sin embargo, el
problema de los universales representa una de las cuestiones constantes en la
historia de la filosofía; el primer debate entre soluciones nominalistas y
realistas tuvo lugar entre los sofistas (Gorgias y Antístenes) y la escuela
platónica. En el ámbito dé la filosofía antigua, la contribución principal a la
elaboración del nominalismo se debe a la escuela estoica con la definición del
significado de los términos -significado que se distingue del simple sonido
sensible- como algo abstracto, incorpóreo, que no existe propiamente hablando.
En el pensamiento
medieval volvió a plantearse el problema con el estudio de la lsagoge de
Porfirio (232-303), en la que se suscitaron, pero quedaron sin resolver, los
problemas de la existencia real de los géneros y de las especies, de si se
trata de entidades corpóreas o incorpóreas, de si están o no separados de las
cosas sensibles. En el ámbito de las soluciones nominalistas la posición más
extrema es la que se atribuye comúnmente a Roscelino (+ 1125), que resulta
difícil de interpretar dada la escasa entidad de los informes que de él tenemos
y la nube de polémicas que suscitó. Roscelino habría sostenido que los
universales son puros nombres, flatus vocis, mientras que la realidad
verdadera, concreta, pertenece únicamente a los individuos que conocemos. Una
forma de nominalismo más moderado es la que sostuvo Abelardo (1079-1142), cuya
doctrina presenta, sin embargo, aspectos bastante complejos que han movido a
algunos historiadores a negarle la calificación de nominalista.
Las posiciones de
Roscelino y de Abelardo provocaron fuertes reacciones por parte de las
autoridades eclesiásticas, que temían las consecuencias negativas que estas
ideas podían suscitar en los contenidos teológicos.
En efecto, se
intuía el riesgo de que las doctrinas nominalistas vaciaran de densidad
ontológica los términos clave de la teología y de la metafísica cristiana; en
particular, el nominalismo avalaba la herejía triteísta, que de hecho fue
defendida por Roscelino.
Los aspectos
positivos de las diversas posiciones sobre los universales encontraron una
armoniosa síntesis en el realismo moderado de santo Tomás, pero luego, en la
Escolástica tardía, el nominalismo volvió a cobrar vigor con la lógica de los
términos de Occam. La unión entre las tendencias nominalistas y empiristas en
el pensamiento de Occam tuvo como consecuencia una acentuación de la separación
entre el pensamiento lógico-filosófico y los contenidos de la fe, y su
planteamiento filosófico ejerció una influencia decisiva sobre el pensamiento
posterior.
En la filosofía
moderna el nominalismo fue sostenido con acentuaciones diversas por Hobbes
(1588-1679), Locke (1632-1704) y de forma más radical por Berkeley (1685-1753),
que negó la existencia misma de ideas generales y abstractas, afirmando que
sólo existen ideas particulares, expresadas mediante nombres comunes. Así pues,
la corriente empirista, reduciendo el concepto o la idea a ser una imagen
sensible, siempre individual, lleva a una negación más radical de los conceptos
universales.
Finalmente, en el
pensamiento contemporáneo ha vuelto a proponerse el nominalismo en el programa
neopositivista de una reforma radical de la lógica que, resolviendo los
términos generales o abstractos en los elementos últimos, individuales, cree
que es posible superar definitivamente los "pseudoproblemas » metafísicos.
En este programa neoempirista encuentran plena expresión las potencialidades
antimetafísicas del nominalismo que fueron surgiendo progresivamente a lo largo
de la filosofía moderna.
A. Paris
Bibl.: E. Gilson,
La filosofia en la Edad Media, Gredos, Madrid 1972, 197-242; A Dempf,
Metafisica en la Edad Media, Gredos 1987, 268-284; E, Vilanova, Historia de la
teología cristiana, Herder, Barcelona 1987 821-8S6: P. P. Gilbert, Introducción
a la teología medieval, Verbo Divino, Estella 1993,
realismo
En la filosofía
moderna el término realismo se aplica a la doctrina que manifiesta que los
objetos comunes percibidos por los sentidos, como mesas y sillas, tienen una
existencia independiente del propio ser percibido. En tal sentido, es opuesto
al idealismo de filósofos como George Berkeley o Immanuel Kant. En su forma
extrema, conocida como realismo ingenuo, se piensa que las cosas percibidas por
los sentidos son en rigor lo que parecen ser. En versiones más complejas, a
veces denominadas como realismo metódico,1 se da alguna explicación de la
relación entre el objeto y el observador que tiene en cuenta la posibilidad de
que tengan lugar ilusiones, alucinaciones y otros errores de la percepción.
En la filosofía
medieval, el término realismo hacía referencia a una posición que consideraba
las formas platónicas, o conceptos universales, como reales. Esta posición se
llama ahora realismo platónico. En la filosofía de Platón, un nombre común,
como cama, se refiere a la naturaleza ideal del objeto, sugerida por su
definición, y esta naturaleza ideal tiene una existencia metafísica
independiente de los objetos particulares de esta clase. Así, la circularidad
existe aparte de los círculos particulares, la justicia, independientemente de
los individuos o Estados justos particulares, y la idea de cama,
independientemente de las camas particulares. En la Edad Media, esta posición
fue defendida frente el nominalismo, que negaba la existencia de tales
universales. Los nominalistas afirmaban que los muchos objetos llamados por un
único nombre no comparten nada sino sólo dicho nombre. El término medio entre
estas dos posiciones incluía el realismo moderado, que afirmaba que los
universales existen en los objetos del mismo tipo pero no independientes de
ellos, y el conceptualismo, que mantenía que los universales podrían existir
con independencia de los objetos de un tipo particular, pero sólo como una idea
de la mente, no como una entidad metafísica que existe en sí misma.
La tesis
fundamental de todo realismo se puede enunciar como sigue: «el objeto de
conocimiento es independiente del sujeto de conocimiento».
La razón por la
que el término realismo se aplica a corrientes filosóficas muy diferentes entre
sí, es la naturaleza del objeto. Puede ser material, pero también un objeto
espiritual, una creación matemática, una idea, una teoría científica, etc.
Análogamente, las
posturas no realistas defienden que el objeto sólo existe en nuestra mente, o
bien que ni siquiera tiene sentido hablar de que dicho objeto exista. Como
posturas no realistas en algún sentido dado encontramos los idealismos, el
instrumentalismo, el nominalismo (como una de las corrientes de la
Escolástica), etc.
Muy bueno el tema, pero de donde sale esta informacion
ResponderEliminar